Es lo que opinaba Daniel. Sabía que sus sentimientos hacia Carolina se estaban acelerando cada vez más y más, hasta el punto de estar dentro de un círculo de desesperación y malestar. Él no podía hablarle, no acercarse a ella para saludarla. Casi no podía ni respirar. Pero sus ojos se clavaban en los de ella con la esperanza de que los corazones saltasen de alegría. Le miraba con una forma peculiar mientras ella le contestaba con una sonrisa de oreja a oreja.
La preocupación de Daniel se basaba únicamente en Carolina y en sus sentimientos por un amor que no pertenecía a Daniel. ¿Y qué puede hacer él?
El miedo le rodea, sabe lo que siente, lo que tiene que decir, lo que verdaderamente le hace feliz pero ha llegado a un punto de que esa felicidad se vuelve inalcanzable.
Las declaraciones son para los valientes y Daniel, pese a tratarse de su felicidad, prefiere mantenerse al margen de esta loca situación.
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