Decir “tengo frío” puede ser la excusa perfecta para acercarnos un
poquito más. Me gustó, de verdad que me gustó abrazarte, tumbado, apoyado sobre mis piernas mientras con mis manos
acariciaba tus brazos para que entraran en calor. Hablamos de todo, sobre todo
de lo tímida que soy y de lo difícil que es entenderme. En ese momento me di
cuenta de que entramos en una etapa en la que ya era hora de tener confianza en
ti, en mí, en creer en nosotros mismos. Ahora lo pienso y lo entiendo. Fue el
momento perfecto para un primer beso. Sin miedos, sin temores, con la seguridad
suficiente para saber que iba a ser respondido.
Confieso que estaba perdida, no sabía muy bien qué estaba pasando,
pero me encantó. Lo recuerdo y tengo un escalofrío. Imagino una y otra vez la forma
en que lo hiciste, como cogiste mi cabeza delicadamente y la acercaste despacio
hacia a ti para darme un beso fugaz, un beso que desencadenó una lluvia de
besos en una noche estrellada.