sábado, 8 de octubre de 2016

Lo que ocurre en el asiento de un coche

Un instante para disfrutar y olvidarse del mundo. Solo dos personas, el tiempo por delante y magia. El lugar es lo de menos si te encuentras al 100% de bienestar.
Un coche y dos asientos que llevaban nuestro nombre, pero a los pocos minutos solo necesitamos uno, pues cuanto más juntos mejor, así sería capaz de sentir de cerca los latidos de tu corazón, poder ver si te pones nervioso, si te muerdes el labio por estar inseguro. Cuando mejor conoces a las personas es cuando estás a tan solo un par de centímetros y ahí es como se muestran verdaderamente y hacen lo que sienten.  
Pon la radio y disfrutemos de la música, cada canción es un lienzo en blanco. Es una forma artística de besar, hacerlo a la par de la melodía, de los golpes fuertes, siguiendo el ritmo. Poder rozar tu piel como si fuera un pentagrama vacío donde mis dedos son las notas.
Besarte, mirarte y cantar una estrofa en voz baja, casi inentendible, mientras se me escapa una sonrisa, mientras tú me agarras fuerte como si me fuera a caer. Cierro los ojos y veo tus manos en mi espalda y tras un beso en la mejilla y un abrazo abarcador, tu suspiro entrecortado. Poder tenerte en frente y hacer que salten chispas, que haya un choque, una fuerza poderosa que nos haga cometer locuras sin arrepentirnos de nada. Éramos tan solo, nosotros mismos.
La sexta canción fue especial. Sube el volumen que quiero sentirla por mis venas. Coincidió ser una que me encanta porque cuenta una historia, no como la de nosotros, ya que a lo mejor lo más parecido que tienen las dos es que las defino como historias, pero ésta siempre me llega al alma, porque una vez cuando tenía siete años sentí lo mismo. Ahora es diferente, ya que no tenemos base ni planes de futuro, solo puedo decir que eres la casualidad más bonita.
Sé que en ese momento no podría ser más feliz, pues lo tenía todo, besos, abrazos, amor para mis oídos. Disfruté como una niña en un columpio. Perdí la cuenta a partir de la décima canción, creo que fue ahí cuando quería que nosotros hiciéramos la música, ser los directores de la orquesta. Unirnos más y hacer que las corcheas se disparasen.
Quería tenerte para mí, no suelo ser egoísta pero esa noche estaba escrita y nosotros no lo sabíamos. Nos dejamos llevar sin pensar en un qué o un cómo. Era el momento perfecto para saber más del uno y del otro. No nos faltaba nada, teníamos todo y por supuesto, no echaba de más nada.

Créeme que esto no lo esperaba, ahora se me haría poco una despedida amable para poner fin a la noche y mirar a las estrellas hasta entrar por la puerta de mi casa. Prefiero mil veces lo ocurrido: el bajarme del coche sin quererlo, darte un último beso sin estar segura de que vaya a ser el definitivo y sobre todo, entrar por la puerta de mi casa sonriendo sin fijarme acaso si había estrellas. 

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