Todos los días es lo mismo. Las siete y media, me despierto y me levanto, desayuno me aseo y me arreglo. Abro la puerta y la vuelvo a cerrar con llave. Bajo las escaleras de mi casa y me espera mi vecina para ir a la parada para poder coger el autobús. De mientras que esperamos, ella fuma un cigarro. Subimos al autobús y me siento en el primer asiento que encuentre libre, casi siempre encuentro sitio en la parte de delante, pero hay veces que tengo que ir a la parte de detrás y me tengo que sentar con gente que apenas conozco. Bajo del autobús y entro en el instituto, subo las escaleras de la izquierda hasta arriba de todo y vuelvo a caminar a la izquierda donde está el pasillo oscuro con mis amigos hablando sobre deberes, exámenes, fútbol, chicos y algún que otro cotilleo. Llego a dónde ellos, les saludo y ellos me saludan a mí, me preguntan que qué tal estoy, yo como siempre digo que estoy bien, aun que si no fuera por la fuerza que tengo por las mañanas de sonreír, no se que sería de mí.
Nos pasamos todas las mañanas de clase en clase, en los recreos sentados en un banco hablando y hablando sin parar, de cuestiones que desconozco, que no entiendo, yo sólo escucho y me río de vez en cuando.
Toca el timbre, las tres menos veinticinco, vuelvo a coger el autobús para ir a casa. Llego a casa y mi madre ya está preparada para preguntarme, "¿qué tal te ha ido el día?" y como siempre yo contesto "bien, como todos los días". Como, y me lavo los dientes, veo un rato la tele y me pongo a hacer los deberes. Me ducho y empiezo a estudiar. Y cuando me quiero dar cuenta ya es de noche, ya ha pasado el día y son todos así.
Espero que esto no dure mucho, espero que cambio algo, que tenga algún motivo para pensar un poco diferente. Que tenga razones para sonreír, para ser feliz.
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